Qué es lo que nos hace felices a las personas? ¿Cuál es la clave del bienestar del ser humano? Desde siempre, estos interrogantes han sido motivo de desvelo para pensadores de todas las culturas y disciplinas. Y en el transcurso de la historia se han forjado distintas respuestas para descubrir la que parece ser la clave de nuestra existencia. Según una reciente investigación, el fin de milenio comenzó a generar un nuevo paradigma con relación a este interrogante cuyo eje es “salud emocional”. Realizada por las consultoras internacionales IPSOS y BMC Innovation Company para la marca Coca-Cola, se propuso indagar en el bienestar y la felicidad de los latinoamericanos. Una de sus principales conclusiones, que sorprendió a varios de los especialistas que participaron del estudio, es que 9 de cada 10 habitantes afirman que tener una buena salud emocional es fundamental para ser feliz, y creen que alcanzarla y mantenerla depende de uno mismo. Ver Centro de estética.
“Este concepto no era una hipótesis al encarar el trabajo, sino que apareció como un hallazgo en el momento en que fuimos al campo para entender cómo se imbrican las concepciones de bienestar, felicidad y salud. Así surgió que hay una salud de orden emocional”, explica Daniel Castejón, máster en Sociología y uno de los especialistas que participó en este estudio multidisciplinario. Para Castejón, hay varias cuestiones que lo explican: “Una, en el ámbito latinoamericano, tiene que ver con la resignificación de la crisis de 2001 en la Argentina, que se fue dando de manera más o menos simultánea y similar en toda la región, en menor o mayor medida, y que fue el disparador de una revalorización de los afectos y de lo cotidiano. Por otro, hay una cuestión más universal que tiene que ver con un contexto de época. En un momento de tanta incertidumbre, la gente busca vías alternativas para preservarse de esta sensación. Y esas vías pasan por lo emocional”.
Una de las conclusiones del estudio afirma que se observan cambios en el “clima postmoderno” porque han perdido hegemonía las líneas de pensamiento dominantes en las décadas del ‘80 y ‘90: “Existen claras señales que indican que ‘la era del yo’ está llegando a un límite, no tanto por agotamiento como por consumación. El individualismo ha vuelto muy inestable a la sociedad, amenazando los vínculos tradicionales. El narcisismo hedonista comienza a encontrarse con sus límites, dejando abierta la puerta a una serie de transformaciones en la esfera de los valores y las preferencias de los sujetos. Comienzan a entrar en un período de inestabilidad y rearticulación ciertas ideas: el individuo centrado en sí mismo y el valor del cuerpo físico estetizado. Es precisamente en este contexto de cambios sociales cuando vuelven –una vez más– a circular ideales desplegados hace más de veinte siglos por griegos y romanos”. Relax
En palabras de Carolina Dell’Oro, filósofa, consultora educacional y docente chilena, “hoy, la felicidad ha vuelto a ser un tema de discusión y hay un gran debate alrededor de ella. Las sociedades post-industriales ya no priorizan sólo el crecimiento y desarrollo económico, sino también la calidad de vida y de sus lazos comunitarios. Las encuestas muestran a la familia como la principal condición de posibilidad de felicidad de las personas, y esto es lo que nos muestra este estudio”.Emoción pura
Según los datos arrojados por la investigación, la “salud emocional” consiste en un delicado equilibrio capaz de conjugar los controles subjetivos que evitan los excesos y las cuotas de pequeños placeres que hacen la vida disfrutable. Y el eje de ese equilibrio, de acuerdo con las opiniones vertidas por los encuestados, reside en un uso intensivo del tiempo en pequeños rituales cotidianos: compartir tiempo con amigos, con las parejas y los hijos, con los padres, comer juntos y charlar, darse pequeños gustos, aprovechar ocasiones gratificantes, buscarlas y producirlas. También se trata de tener una actitud positiva, alta autoestima, respeto por los otros, llevar una vida activa, tener proyectos y encararlos y concretarlos.
“La felicidad no son momentos, como muchas veces se dice. La felicidad es una trayectoria y un estado que tiene que ver con una manera de vivir y de existir, que incluye la aceptación de la inevitabilidad del sufrimiento, la pérdida y el dolor que la vida nos impone. Somos seres en conflicto y, por lo tanto, la felicidad posible tiene que tener en cuenta esta conflictividad en la que vivimos. Por eso es importante hablar de la ‘felicidad posible’ y terminar con esa falsa idea de un estado excepcional libre de conflictos, que lo único que nos crea es escepticismo e incredulidad”, propone José Eduardo Abadi, médico psiquiatra y psicoanalista, autor de La felicidad también se vive, y uno de los especialistas que participaron del Primer Simposio Iberoamericano de Felicidad y Salud Emocional, realizado en Buenos Aires, donde se presentaron los resultados de la investigación. Para Abadi, las claves para alcanzar este estado de salud emocional pasan por un trabajo individual de autoconocimiento que “exige pasar de la comodidad del deseo a la realidad de la voluntad. Del desear al querer. Para esto hay que poner en marcha una voluntad y hacer un esfuerzo. Sólo así se puede alcanzar la felicidad posible”.
Por su parte, la psicoanalista María Marta de Palma, docente y supervisora de Centro Dos, coincide en que desde el psicoanálisis es imposible alcanzar un estado ideal de armonía y equilibrio emocional:
“Cuando las emociones están en juego, es inevitable el desequilibrio. Y ese desequilibrio emocional es lo que todo ser humano necesita para sentirse vivo. El equilibrio total sería el estado de ‘nirvana’, que es la falta absoluta de emociones. Lo saludable no es esto, sino tener las herramientas para resolver los acontecimientos de la vida sin tanto dolor. No es dejar de sufrir, sino sufrir menos. Las emociones son afectos porque afectan directamente a lo real del cuerpo”.
Nuevo paradigma de salud
“Hasta hace solamente algunos años, el paradigma dominante implicaba que el cuerpo podía ser reducido a un mecanismo y que, por lo tanto, su funcionamiento podía ser explicado en el nivel de causas y efectos. Hoy, ciertas evidencias muestran que las limitaciones de ese modelo terminaron haciendo emerger nuevas –o renovadas– maneras de comprensión de la salud humana, más amplias y abiertas a dimensiones como la afectividad y la esfera emocional”, afirma la investigación, que adjudica esta “revolución silenciosa” a la divulgación de disciplinas como la neurolingüística, la psicología positiva, la psicobiología, las neurociencias, la difusión del pensamiento positivo, la autoayuda y una mayor atención a las religiones orientales. Así es como aparece la convicción en la sociedad de que para mantenerse saludable ya no alcanza con hacer ejercicio físico, llevar una dieta balanceada y consultar periódicamente al médico. Hoy, el equilibrio emocional se presenta como una nueva dimensión de la salud “tan importante como la física” para más del 90 % de los latinoamericanos.
“Lo emocional es una dimensión fundamental de la salud”, afirma Roberto Rosler, neurocirujano del Hospital Británico y docente de Fisiología de la carrera de Medicina y Nutrición de la Universidad Abierta Interamericana, quien tras muchos años de “ciencia dura”, se inició en el naciente campo de la neurobiología afectiva, luego de vivir, “desde ambos lados del mostrador, la típica escena del consultorio en la que, después de mirar los resultados de los análisis, el médico afirma que está todo bien pero el paciente insiste en que se siente mal”. Su explicación es que el sistema nervioso central de los seres vivos ha ido evolucionando y la aparición del circuito emocional, cuyo tamaño es mucho menor al de la corteza cerebral, es algo así como el “software” que permite aumentar la supervivencia de las especies: “La corteza cerebral moderna, que es lo que nos da la posibilidad de pensar y hablar, es nuestro Rolls-Royce evolutivo, y la emocional es el burro. Si uno está bien comido, dormido y ha tenido sexo suficiente, uno es un hombre o una mujer racional. Pero si los parámetros no están bien, cambiamos el software y es el burro, aún cuando es mucho más pequeño, el que toma el control. Por eso la salud emocional es fundamental, porque es lo primero que tiene que estar bien”. Pese a esta convicción, no cree que la medicina transite hacia este cambio de paradigma. Todo lo contrario: “Los médicos tenemos un defecto de formación que surge de la concepción cartesiana que separa el alma del cuerpo y que nos ha convertido en viscerólogos. Entonces, los que ingresan a la carrera de Medicina son quienes están interesados en las células, y a los que les interesan otras cuestiones, se van a Psicología. Yo soy un pesimista respecto de esto, porque no sólo no creo que este paradigma está en transición, sino que cada vez se aleja más. Además, la evolución no es hacia una mirada integral de la salud, sino hacia una especialización en órganos que cada vez es más despersonalizada. Cada vez se curan más enfermedades y menos pacientes”. Por todo esto, para Rosler la evaluación de la salud debe ser inter-, trans- y multidisciplinaria, y la evaluación de la salud física debe hacerse de manera integrada con la emocional.
En este sentido, la homeopatía parece ser pionera, ya que desde sus inicios, hace más de 200 años, se propone como una medicina antropológica, holística y humanista. “Cada vez es más usada frente a los fracasos de la cada vez más mecanicista y organicista medicina oficial”, afirma Roque Penna, vicepresidente de la Asociación Médica Homeopática Argentina, quien explica que la homeopatía postula la existencia de una “fuerza vital” que anima a todos los seres vivos. “Cuando esta fuerza se desequilibra, aparecen los síntomas de enfermedad. Las emociones, dentro del tratamiento homeopático, son las evidencias más importantes de desequilibrio de la fuerza vital porque son las más individualizadoras del paciente. Es por esto que, para la homeopatía, ‘no hay enfermedades sino enfermos’”, sostiene. Desde este punto de vista, “el homeópata considera curado a su paciente no sólo cuando los síntomas físicos desaparecen, sino cuando también son curados los síntomas emocionales. Porque solamente una persona sana física y emocionalmente es libre de decidir qué vida desea vivir”.
Así es como lo revela una de las conclusiones centrales de la investigación, cuando dice que el ideal de vida de los latinoamericanos “consiste en una suerte de ecuación en la que la salud física, sumada a la salud emocional, al bienestar económico y a factores del entorno, da como resultado un cierto bienestar sostenido al que identifican casi en su totalidad con el concepto de felicidad”.
[ Texto Paula Bistagnino Foto Archivo Atlántida ]